“Intenté recordar cuando el maestro y yo empezamos a hacernos amigos. Al principio era sólo un conocido […] una vaga presencia que bebía en silencio en la barra, sentado a mi lado. […] En algún momento, más adelante, al sentarme a su lado empecé a notar la calidez que desprendía. Su presencia dulce y afectuosa se filtraba a través de la tela de su camina almidonada. Era caballeroso y tierno a la vez. Nunca he sido capaz que describir la presencia que irradiaba el maestro. Cuando intentaba capturarla, se esfumaba para aparecer de nuevo en otra ocasión.”
El cielo es azul, la tierra blanca [pag, 156-57.]. Hiromi Kawakami. Acantilado, 2009.