Me miraste con asombro. Yo te miré con todas mis fuerzas:
“Reconóceme, ¡reconóceme de una vez!”, gritaba mi mirada, pero tus ojos me sonrieron cordiales e inconscientes.
Me volviste a besar, pero no me reconociste. Me apresuré en llegar a la puerta porque sentía que acudían las lágrimas a mis ojos y no hacía falta que lo vieses.
Carta de una desconocida. [pag, 81.]. Stefan Zweig. Ed. El País, Clásicos del siglo XX 2003 Fotograma de la película Carta de una desconocida, de Max Ophüls, 1948